Los artistas imaginarios

Quería pintar. Eso era definitivo. Mas no encontraba la forma exacta, su lápiz no había recorrido aquella hoja en blanco que debajo del vacio aparente contenía el mas bello dibujo aun no dibujado. Nunca le había temido al vació, a las hojas en blanco ni a las paredes recién pintadas. Debajo de esa calma aparente, existían millones de posibilidad es, matices y lineas; se mezclaba su presente con el futuro y poco importaba el color del trazo, únicamente el recorrido del pincel, lápiz o pluma.
Poco a poco, como si se tratara de un amanecer, el dibujo empieza a nacer de linea débiles como las nubes. Y la hoja en blanco esperaba que esta vez, ese conjunto de lineas y sombras fueran el fiel reflejo del dibujo para la cual estaba destinada.
Mientras el dibujo nacía, su cuerpo se iba llenando de gotas de pintura. Sus manos recorrían por completo el papel, hasta que llegaba a sentir cada linea, cada punto, cada espacio vació. Recordaba el exacto motivo de su dibujo, ya que al cerrar los ojos estaba ahí. El quería dibujar la oscuridad y la sombra, el amor y la nada, el quería dibujar como los ríos quieren llegar al mar desde su mismo nacimiento.
El quería dibujar, porque no soportaba el vació existente. Las hojas blancas que morían como borradores, las telas que se amontonaban en la tienda de arte y las paredes inmaculadas pintadas de blanco hueso, destinadas a la simpleza. Y mientras el recorría aquella hoja en blanco, llena de vacíos y dibujos invisibles, la musa de la inspiración se sentó en su mesa. Llevaba el pelo recogido y piyama de rayas, y con una sonrisa tan dulce como un melocotón en conserva. Ella aun no la sabia, pero el pintaba solo para que ella se quedara un rato más...























