Luis (y yo)

julio 15th, 2013

El pasado ya fue hace rato. Salió sin pensar en el camino de regreso, y así fue. -Vete pero no vuelvas. Se cumplió a cabalidad. No hay que ser muy entendido para saber que no hay vuelta de hoja. Ella mientras terminaba de empacar dimensiono las medidas de la sala, conto los cuadritos de ceremica de las gradas que tantas veces espero. Calculo el espacio exacto que ocupaba el sillón y el tamaño del cuadro que tanto odiaba y no volveria a ver jámas. Esa casa que fue nido de tantas esperanzas y al final de día de muchísimas tristezas.

El era de relaciones serias. Eso era una constante. Las cosas pasajeras pierden el tiempo conmigo. No creo en las segundas oportunidades ni en albergar esperanzas vanas. La rectitud de Luis rayaba con la inflexibilidad del metal. No habia nada que negociar ni finiquitar. Luis daba las condiciones desde el comienzo. Se trataba más de un contrato que de un noviazgo. Siempre sin sorpresas y las cosas de antemano en medio de la frente. Ella amaba su buen corazón pero no podía con sus lineas imaginarias.

Se cumple hasta donde se puede, pero tantas normas no son más que una excusas que se opone justamente a esa rectitud que tanto defiende. Tanta rectitud borra de tajo su naturaleza humana. Incapaz de bajar sus standares,  prefiere perderla, antes de comprender la minima falta. Se siente como un animal enjaulado, quiere verla con ansias locas. Arrancarle la ropa y hacerle el amor en el sillón de la sala, quemarla como el fuego a la madera. Subir por sus piernas como un alpinista borracho, contentar a esa mujer necia y liberal que desea irremediablemente.  Besar sus senos hasta que se duerman sus labios, gastar su terquedad con su dulzura de niño grande. Tomar su cintura con sus manos y cerrar muy fuerte sus dedos para no soltarla más. Amarse como locos. Mientras exploran sus cuerpos, vibran al compás de sus corazones y prometerle rendido después de acabar, todas esas cosas que su orgullo no lo deja ni siquiera considerar.

Cuando ella salio a esperar el taxi a la cera y vio que Luis ni siquiera se asomo por la ventana, supo con una certeza absouta que había tomado la decisión correcta. Cuando ella se fue sin siquiera despedirse ni devolver el juego de llaves Luis supo con una certeza absoluta que había tomado la decisión correcta.

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