Servicio Militar

junio 20th, 2014

Era una obligación, hasta ese momento la única regla que conociamos era tener las faldas por dentro del uniforme. Apenas si podíamos hablar sin que tímidmente quitáramos la cara. Hola, decíamos sin pensar en la despedida. A mi me gustas descalzo, por eso no te imagine nunca con botas de soldado y cara de niño asustado. Considerado, amable, sonriente, completo; balas de amor eterno en un corazón sin blindaje.

SelvaQuien lo diría Luis Diego, tu que no matas una mosca aprendiendo de fusiles. Que extraña época, cuando no podíamos parar de sonreír. Nos comimos el sol de un mordisco y se nos salía la luz por los ojos. Tantas hormonas se volvian chispas efervescentes en besos lentos y apasionados. Acaso podíamos concentrarnos en algo más que no fuera los diecisiete recién cumplidos. Las estrellas se reflejaban en el lago, que para esas tardes de octubre no eran más que un espejo. Dos chicos enamorados se asoman para sonreír a los peces. Dime que no va a cambiar nada, que aunque te manden al corazón de la selva y se arrolle una anaconda amarilla en tus tobillos, aunque no hayan lagos con estrellas y solo charcos con sapos. No te olvidarás de mi. Dime Luis Diego, que aunque pasen dos mil años en un día, siempre vamos a estar aquí, en medio del pasto. Muy asustados para pasar a la siguiente base. Tus manos pertenecen a mis caderas, no a esas granadas. Mis labios rezan por ti, para que ninguna bala te alcance, para que no te persiga ninguna araña detrás de la puerta. Voy a escribirte, con la misma necedad del sol que ama con constancia al mar. Dije sin saber que 365 son muchas cartas por hacer. Un año no es nada, dijiste sin saber que nunca nos volveríamos a ver igual. Mi niño dorado se fue a la selva, pero regreso un soldado con botas y charcos.

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